Este kit vive en una caja en el armario del pasillo, separada del botiquín de casa, porque lo que se usa con una gastroenteritis no cabe en un botiquín: empapadores, protector de colchón, bolsas, guantes y gel ocupan más que las tiritas. El termómetro, el suero y la jeringa son lo que se mueve entre las dos cajas.
Lo que de verdad cambia una noche mala es tenerlo colocado antes: el protector impermeable puesto en el colchón desde el primer día de guardería, un empapador doblado en el cajón de la mesilla y el suero oral en la nevera (frío sienta mejor). Cuando empieza el primer vómito, lo único que hay que hacer es poner el reloj y empezar con la jeringa: 5 ml cada pocos minutos, apuntando en una nota del móvil cuánto bebe y cuántas veces vomita, que es lo primero que pregunta el pediatra.
La fiebre la llevamos con la regla de la AEP: ropa ligera, líquidos, antitérmico solo si está molesto y siempre con la jeringa, nunca con la cucharilla del cajón. La dosis por peso la tenemos apuntada en la caja del jarabe con rotulador, porque en cada revisión cambia, y la jeringa se lava y se guarda dentro de esa misma caja para no buscarla.
Al terminar cada episodio reponemos lo gastado (empapadores, suero, bolsas) en la lista de la compra, y una vez al año, al cambiar la hora, revisamos las caducidades del suero y de los sobres. Para el resto del invierno, lo que más se usa de esta caja es el suero fisiológico y el aspirador, que se mueven al kit del primer invierno.