La mochila de excursión se deja montada en el armario del recibidor desde septiembre con lo que no caduca ni se usa a diario: chubasquero plegable, silbato, mini botiquín, bolsa estanca, buff y un par de calcetines en bolsa. Cuando llega la circular, solo hay que añadir lo de ese día: botella llena, almuerzo, gorra, stick solar y, en primavera, el repelente. Así no se busca el chubasquero a las ocho de la mañana.
Casi todo se compra una vez para varios cursos: la mochila de 15-20 litros con cinta de pecho dura de 1.º a 6.º si se ajusta el tirante, el silbato y la bolsa estanca no se gastan, y el buff vale desde infantil. Lo que se repone es el stick solar (cada primavera, porque abierto pierde eficacia) y las tiritas del mini botiquín, que se acaban antes de lo que parece. El repelente conviene comprarlo pequeño, de 75-100 ml, y mirar la fecha de caducidad cada año.
Para una ruta en familia la misma mochila sirve, con dos cambios: el adulto lleva el agua de reserva y el botiquín completo, y el niño carga solo su botella, su almuerzo y su chubasquero. Las rutas cortas señalizadas de los parques naturales y los senderos locales homologados son el sitio para empezar: menos de 8 km, sin desnivel fuerte y con la vuelta por el mismo camino. Si vais a ir más de una vez al mes, el kit de campamento de verano tiene la linterna frontal y la toalla de microfibra que acaban siendo útiles también en las rutas de tarde.
Un detalle que ahorra disgustos: una tarjeta plastificada en el bolsillo interior de la mochila con el nombre del niño, el colegio y un teléfono de contacto. Pesa nada, no es un móvil y resuelve el peor caso de una excursión.